miércoles, 4 de marzo de 2015

La tumba del guardián de Amón, otra puerta en el laberinto de Luxor (Egipto)

Otro portillo se abre en la antigua Tebas, el páramo que Homero bautizó como la ciudad de las cien puertas. Una misión de arqueólogos estadounidenses ha hallado de modo fortuito la entrada a la tumba de Amenhotep, un funcionario del Imperio Nuevo que hace más de 3.000 años tuvo la privilegiada tarea de ser "el guardián del dios Amón".
La expedición del ARCE (Centro de Investigación Americano en Egipto, por sus siglas en inglés) ha descubierto la sepultura en Gurna, la ribera occidental de la actual Luxor, mientras realizaba tareas de limpieza del patio de la tumba anexa TT110, ha informado este martes el ministerio de Antigüedades egipcio en un escueto comunicado. La puerta permanecía hasta ahora sepultada por los escombros.
El enterramiento, con forma de T, mide 5,1 metros de largo y 1,5 metros de ancho y consta de dos habitaciones y un pequeño nicho inacabado. Un pasillo, de 2,5 metros de longitud, conecta la estancia principal con otra sala lateral, un cubículo de 2 metros con un pozo en el centro que probablemente conduce a la cámara funeraria de este distinguido conserje, que halló el descanso en el paisaje dividido de los campos verdes del Nilo y la tierra desértica.
Según los expertos, el lugar pertenecería a la dinastía XVIII (1.450-1050 a.C.). "El guardián, uno de los varios títulos que se encuentran tallados en el dintel de la puerta de la tumba, dataría de la dinastía XVIII", confirma el ministro de Antigüedades Mamduh el Damati.
Los muros del laberinto guardan entre montañas de piedras y cascotes escenas de Amenhotep -también apodado "Rebiu"- con su esposa, llamada probablemente Satamen, apostados frente a una mesa de ofrendas; la imagen de una deidad amamantando a un niño de la familia real o paisajes de la vida diaria en el Antiguo Egipto, con especial atención a la caza. A pesar del pillaje que debió sufrir y los achaques de milenios bajo tierra, la sepultura luce aún coloridas estampas pintadas en yeso.
Sus tapias levantan acta además de las turbulencias políticas que asolaron aquella época. Escenas, inscripciones jeroglíficas y menciones a Amón fueron arrancadas y eliminadas en una señal de que la tumba fue alcanzada por la purga desatada por Ajenatón, el faraón que desterró la antigua religión; alentó el monoteísmo por primera vez en la Historia; e impuso el culto a una nueva deidad -el dios solar Atón- con la oposición del todopoderoso clero de Amón. "Los nombres de los propietarios han sido borrados porque estaban vinculados al de Amón", señala la misión.
El hallazgo -considerado "asombroso" por el ministerio de Antigüedades- tiene aún mucha luz que arrojar sobre este tiempo de zozobra. La misión -dirigida por el egiptólogo John Shearman- auscultará la tumba -que será restaurada y abierta al público- para determinar si compartía patio con la sepultura cercana, que hasta ahora centraba las labores de los expertos estadounidenses.
La sepultura recuperada es el último de los formidables descubrimientos firmados en el último año y relacionados con este destacado periodo de la historia. En 2014 una misión de egiptólogos españoles encontró en Luxor la clave que desentraña los entresijos de la revolución monoteísta. Las inscripciones jeroglíficas halladas en cuatro columnas de la tumba del visir Amenhotep Huy confirmaron la hasta ahora discutida corregencia de Amenhotep III (1387-1348 a.C.) y su hijo Amenhotep IV, el monarca convertido luego en Ajenatón.
El ascenso de Amenhotep III marcó el comienzo de la reforma monoteísta que su hijo completó cuando abandonó Luxor y levantó Tell el-Amarna, a mitad de camino de Tebas y Menfis y dedicada al nuevo culto a Atón. También el año pasado, la misión italoespañola "Min Project" se topó con la tumba de May, un alto funcionario de la dinastía XVIII al que los relieves presentan como un importante estadista encargado de supervisar los caballos, el ganado y los campos del faraón. El descubrimiento fue, como ahora, fruto del bendito azar.

Fuente: El Mundo: http://www.elmundo.es/ciencia/2015/03/04/54f6e000e2704e5b558b4579.html

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