lunes, 23 de febrero de 2015

Los tesoros de Ad Legionem (León)

Valeria Amma, esposa de Lucrecio Proculo, el custodio de las armas, es una de las pocas mujeres romanas con identidad en Legio VII. Se sabe que fue madre y que con 25 años enterró a un hijo de tres. Y poco más. El rastro de las mujeres en el campamento romano de León es escaso.
Postuma Marcella y Helena que dedica una lápida funeraria a su padre Hermodurus y a su madre Sixtilia son otros nombres femeninos que han llegado desde el Imperio Romano hasta la ciudad leonesa del siglo XXI que se postula como Cuna del Parlamentarismo.
Sólo las esposas y familias de los oficiales podían vivir en el recinto campamental, así que no es extraño su escasa presencia en la memoria que se ha ido construyendo con más de 200 excavacaciones en el Casco Antiguo en las últimas tres décadas.
En cambio, sólo han hecho falta tres excavaciones en el vicus de Ad Legionem VII Geminam para que los arqueólogos se hayan topado con numerosos objetos femeninos y de actividades ligadas a sus quehaceres en una población de dimensiones aún son desconocidas, pues se ignoran sus límites, y cuya trama urbanística todavía es un misterio aunque todo parece indicar que se articula en torno a una calzada de primer orden, la Via I, De Italia in Hispanias, del Itinerario de Antonino.
Situada a dos kilómetros y medio del campamento legionario, la ciudad que León entierra una y otra vez pese a la espectacularidad de los restos que han aparecido, especialmente en la campaña del 2010, estaba a nueve millas de Lancia y tenía comunicaciones directas con Asturica Augusta y todas las villas y asentamientos romanos de la ribera del Esla, hasta Brigeco (Benavente) y con Camala, Sahagún.
Nacida al socaire de la Legio VII, y quizás de la VI Victrix, pues hay restos de época claudia, está también en la ruta del oro romano. El precioso metal que enriqueció el imperio con la explotación de sus yacimientos en el noroeste ibérico y con el que seguramente se hizo la gargantilla de oro y azabache que se encontró en el vicus de Puente Castro, datada en el siglo III y que el Museo de León expone desde hace dos años en sus vitrinas del mundo romano.
El rango de Ad Legionem era de tercer orden en relación a Asturica Augusta y al campamento militar asentado en el interfluvio del Torío y el Bernesga. Así lo apunta el estudio sobre el consumo de ostras a partir de las conchas de moluscos halladas en el vicus. «Hemos visto que en Astorga se consumían las de mayor tamaño, en el campamento eran considerables pero un poco menores y en Ad Legionem un poco más pequeñas pero mayores que en Lancia», señala Víctor Bejega, que ha estudiado la presencia de estos moluscos para determinar el estatus de los ciudadanos y ciudadanas que la poblaron.
Además de la gargantilla, las excavaciones, dirigidas por Victorino García Marcos, las dos primeras, han recuperado numerosos objetos de ornamento personal femenino como hebillas metálicas de las vestimentas, tipo Aucissa y Omega, aros y anillos de gran variedad, collares, pulseras, brazaletes, pendientes, amuletos.
Unas pinzas de depilar prácticamente idénticas a las que se utilizan en la actualidad dan una idea de la romanización de la población que habitaba en el vicus. En Roma era costumbre que las jóvenes se depilaran en vello púbico y había esclavos expertos en realizar esta tarea con la ayuda de cremas, unas pinzas denominadas volsella y una especie de cera.
En una época y un territorio en que el oficio de soldado era uno de los más extendidos —la legión de la época imperial contaba con cerca de 6.000 hombres— las mujeres tenían vetados también los virilia officia, es decir, todos aquellos relacionados con el gobierno y la administración de las ciudades, pero ninguno más.
El textil era una de las actividades artesanales desempeñadas por las mujeres, sobre todo la parte de la hilatura. Ad Legionem ha deparado significativos hallazgos como los pesos de telar (pondera) realizados en cerámica con formas y tamaños variados en función del grosor y la calidad del hilo. También se han inventariado muestras de fusayolas (verticili) utilizadas como contrapesos de los husos así como separadores de hilos.
Entre los elementos del mundo femenino que han salido a la luz en Ad Legionem destaca una importante colección de agujas hechas de hueso que hablan de la dedicación de las mujeres a las labores de costura en aquella aglomeración civil que surtía de bienes y servicios al campamento romano y tenía su propio modus vivendi. En este arrabal y en el que coexistió pegado a la zona sur del campamento vivían las familias de los soldados mezcladas con artesanos y comerciantes.
Las terra sigillata hispanica y los estilos que van adoptando hablan de la existencia de pequeños talleres artesanos, en Ad Legionem se ha identificado al menos uno, y de las relaciones comerciales con otros enclaves del imperio. Es el caso de los vasos rituales con falos (fascinum) y páteras (platos poco hondos) cuya factura se atribuye al taller de Severus Bovatis muy conocido ya por los hallazgos de Lancia. Los romanos atribuyen al falo poderes mágicos y protectores. Otro hallazgo singular ha sido el del material de uso quirúrgico, así como monedas en cantidad y variedad.
Se cree que las ollas, botellas y jarras, entre muchas otras piezas de vajilla, se fabricaban en los talleres locales, al igual que los numerosos objetos de hierro encontrados se asocian al taller de metalurgia localizado en el vicus. Unas producciones cerámicas datadas en la época de Claudio (45-52 d. C.) son las que indican que Ad Legionem podía existir ya en época de la Legio VI Victrix. La génesis del vicus se sitúa en la segunda mitad del siglo I, posiblemente durante el tercer cuarto.
Los tesoros de Ad Legionem estaban escondidos dentro de un cofre. Los restos «más espectaculares de la época romana que tenemos en León», subra Víctor Bejega y que han sido enterrados en dos ocasiones y lo serán por tercera vez en la Avenida de San Froilán cuando finalice la excavación y se coloquen las tuberías de los colectores para la ampliación de la depuradora.
«Ad Legionem cuenta con la ventaja de que no tiene una ciudad encima, como el campamento militar del que sólo podemos rescatar restos sueltos de los Principia, el anfiteatro, el Praetorium, las termas...», apostilla el arqueólogo. Pero la ciudad y sus gobernantes han renunciado a preservar el vicus y su potencial cultural y turístico como centro de interpretación del mundo romano a dos kilómetros del centro. Ha enterrado un tesoro singular que «será difícil volver a destaparlos», añade Bejega. «Se van perdiendo oportunidades y cuando quieran utilizarlo a lo mejor ya es tarde», recalca.
León, con el visto bueno de la comisión de Patrimonio de la Junta en Valladolid, ha optado «por dar valor a los terrenos situados a un lado y a otro del vial» bajo el que quedó sepultada Ad Legionem en lugar de poner en valor su pasado romano, como apunta el arqueólogo Julio Vidal. Sus tesoros perviven en el Museo de León para tejer la historia.

Fuente: Diario de León: http://www.diariodeleon.es/noticias/afondo/tesoros-ad-legionem_958912.html