lunes, 5 de enero de 2015

Los muiscas rompen su silencio (Colombia)

Extendido sobre la mesa, expuesto ante la mirada experta de dos arqueólogas de la Universidad de los Andes, está el esqueleto de un hombre adulto que habitó la Sabana de Bogotá hace siglos.
"Sus huesos corresponden a los de un hombre que tenía entre 39 y 44 años al momento de la muerte. Todo un anciano para su época, dada la corta expectativa de vida de nuestros antepasados de entonces”, dice Lucero Aristizábal, estudiante del programa doctoral de Arqueología de los Andes.
Han pasado siete años desde que fue hallado en terrenos de Tibanica, una zona de humedal ubicada entre la localidad de Bosa (Bogotá) y el municipio de Soacha (Cundinamarca), junto con los restos de otros 748 hombres, mujeres y niños que –en su mayoría– habitaron este territorio durante el periodo conocido como muisca tardío, que se ubica entre los años 1200 y 1600 después de Cristo, aproximadamente.
Y a pesar de eso ni ella ni su colega María Antonieta Corsione, estudiante del mismo programa, dejan de maravillarse ante todo lo que estos restos han dicho y tienen que decirles todavía a sus descendientes.
Durante los últimos cuatro años, la universidad y sus investigadores han fungido, literalmente, como lectores e intérpretes de estos hallazgos. Con paciencia metódica han estudiado dientes, fragmentos, fracturas, densidades y tamaños de estos huesos. Mirando más allá de lo aparente, han tratado de establecer la importancia de varios de estos muiscas en razón de los ajuares con los que fueron enterrados, y han analizado su forma de vida desde los retazos de historia que cuentan los objetos, las semillas y los restos de animales encontrados durante el rescate arqueológico.
Las investigadoras han logrado estudiar a fondo los restos de 80 individuos, recurriendo a análisis de genética practicados en el laboratorio de ADN antiguo de los Andes. Estos no son fáciles de hacer, debido a factores como el estado de conservación, la contaminación y las condiciones de los suelos en los que permanecieron enterrados.
Para darles mayor validez a estos análisis, los resultados obtenidos se replican en laboratorios de otros países, con el propósito de compararlos.
El antropólogo Carl Langebaek, vicerrector académico de los Andes y quien ha acompañado este trabajo desde sus inicios, cuenta que una de las inquietudes planteadas al comienzo de la investigación fue sobre las diferencias sociales de los muiscas.
“Se supone que se trataba de una sociedad muy jerarquizada –explica Langebaek–. De hecho, los cronistas de España describieron la presencia entre estos grupos de nobles y reyes. Pero lo cierto es que los europeos traían su propia visión del mundo, de su sociedad, que no necesariamente coincidía con la realidad de los muiscas”. Lea aquí: La ciencia pone ahora los ojos sobre impactantes hallazgos en Soacha.
Otra pregunta planteada durante los análisis fue qué significaba pertenecer a uno u otro sector de la sociedad, en materia de salud y alimentación, por ejemplo.
“Encontramos que sí había pobladores más ricos que el promedio –comenta Langebaek–. De los 749 entierros que hallamos, solo un centenar tenían ajuar (lo que denota una mayor jerarquía en vida), algunos más ricos y elaborados que otros. Detectamos, además, que (en promedio) las mujeres con ajuar eran más ricas que los hombres con ajuar, lo que coincide con la hipótesis de que la muisca era una sociedad matrilineal, es decir que la herencia se daba por vía materna, no paterna”.
Las pesquisas también sirvieron para lanzar hipótesis sobre las actividades que llevaban a cabo, las enfermedades que los atormentaron, y cuánto y qué comían. Esto último logró establecerse recurriendo a análisis de isótopos estables (átomos con características específicas de cada producto), que no cambian y permanecen en los huesos, a pesar del paso del tiempo. “Tenemos resultados de análisis de este tipo hechos a 260 individuos de Tibanica. Es, y lo digo con orgullo, el estudio más grande hasta ahora”, sentencia Lucero Aristizábal.
María Antonieta Corsione, quien desarrolla su tesis también sobre estos hallazgos, ha tenido a su cargo la nada fácil labor de analizar los estados anémicos de los restos (porosidades en los huesos craneales).
Para establecer las diferencias entre los individuos de élite y no élite de Tibanica se conformaron grupos a partir del tamaño y la calidad de los ajuares con los que fueron enterrados. “A partir de allí definimos tres líneas de investigación: sus enfermedades, marcas que puedan insinuar el tipo de actividades a las que se dedicaban y sus estados nutricionales”, explica Corsione.
Reunidas en el laboratorio de arqueología de los Andes, ella y su compañera transmiten lo que, en líneas generales, les han contado estos restos hasta ahora. Lea aquí: 'Nuestros vestigios no tienen monumentalidad, pero sí mucho potencial': Icanh.

¿Qué y cuánto comían?

Los individuos de élite y los de no élite comían básicamente los mismos productos. El maíz, fundamental en su alimentación, era consumido en grandes cantidades, incluso en forma de bebida (chicha); la proteína era obtenida de animales como venados, ratas, curíes, conejos, jaguares, aves y peces extraídos de los ríos.
En algún momento, la población atravesó por periodos de crisis que afectaron la disponibilidad de comida. Los de élite, sin embargo, pudieron comer en cantidades más altas que los de no élite. Y eso quedó reflejado en un tipo de patología que diferencia a una clase de la otra: la hipoplasia dental (defectos en la formación de los dientes, incluso antes de que broten).
Frente a la inquietud de si estaban o no nutridos, María Antonieta Corsione estudia los fenómenos porosos de huesos como los cráneos, para entender si están relacionados con la alimentación o con otro tipo de enfermedades; por ejemplo, las anemias genéticas, como la talasemia.
Como no es usual encontrar esta clase de males en territorios prehispánicos, ella deduce que podría deberse al tipo de alimentación que tenían. No descarta otras causas, como el parasitismo que padecían todo el tiempo por vivir en entornos malsanos y contaminados, de modo que su trabajo aún se concentra en encontrar una respuesta.

Los principales problemas de salud

Los individuos de Tibanica tenían una alta tasa de morbilidad y muerte debida a infecciones y, probablemente, como era típico en poblaciones prehispánicas del altiplano cundiboyacense, fueron azotados por la tuberculosis.
Al igual que otras sociedades agroalfareras, los muiscas de Tibanica sufrieron, en gran proporción, de caries dentales e infecciones orales, que ocasionaban la corrosión de los huesos de la mandíbula y la pérdida de dientes (edentulismo).
De hecho, el edentulismo es muy alto entre los restos óseos de los adultos. No se descarta que el alto consumo de maíz tuviera buena parte de la responsabilidad en este fenómeno.
Las huellas de la alta actividad física de estos muiscas pueden leerse en la mayoría de los huesos de miembros superiores e inferiores; seguramente cargaron grandes pesos, a lo largo de su existencia, lo cual se evidencia en la degeneración de cuerpos vertebrales, hernias y desplazamiento de vértebras. De acuerdo con las investigadoras, no es exagerado decir que la mayoría de los adultos sufrían de la espalda, más que de otra cosa.

Pobres y ricos

Tibanica permite hacer algunas conjeturas. Dentro de los muiscas había un grupo de élite, que mantenía mejores condiciones de vida a costa del resto de la población, y eso se reflejaba en su bienestar general.
En efecto, los restos atribuibles a miembros de élite sufrían más de enfermedad periodontal (relacionada con los mecanismos de fijación a la encía y a la mandíbula), pero tenían menos caries y menos hipoplasias dentales. Estaban más protegidos que los demás durante eventos agudos de malnutrición.
Los restos de subadultos (niños en este caso) muestran señas de haber sido profundamente afectados por la alta incidencia de infecciones de todo tipo; en contraste, en la mayoría de los restos no aparecen, como sí ocurre en otras poblaciones, evidencias de traumas o golpes severos, que se reciben durante batallas o grandes peleas. La mayoría de las fracturas detectadas parecen ser fruto de accidentes o caídas.

Fuente: El Tiempo: http://www.eltiempo.com/estilo-de-vida/ciencia/hallazgos-arqueologicos-en-tibanica-bosa-y-nueva-esperanza-soacha-resultados-de-los-analisis/15047000