martes, 21 de octubre de 2014

Indiana Jones no estuvo aquí (México)

En kilómetros y kilómetros a la redonda todo es selva verde oscuro, y en medio están los restos de la ciudad milenaria de Calakmul, la mayoría cubiertos todavía bajo la vegetación desde que desaparecieron los antiguos mayas. El arqueólogo Ramón Carrasco es un señor delgado y fibroso de 64 años. Vive aquí desde 1993. Cuando llegó, esto llevaba alrededor de mil años deshabitado. “Mi primera visita a Calakmul fue en helicóptero. Descendimos en un espacio donde acababan de cortar la maleza e hicimos un recorrido para darnos una idea de lo que sería el futuro proyecto”. Ahora, Carrasco está haciendo de anfitrión para dos decenas de periodistas que han venido en una gira organizada por el Gobierno después de que la Unesco reconociera a este conjunto de arqueología y selva como patrimonio mixto de la humanidad, una categoría combinada de naturaleza y cultura que solo poseen 31 lugares en todo el mundo. Cuando el grupo llega al pie de la pirámide principal de Calakmul, la Estructura II, de 45 metros de altura y con decenas de peldaños de piedra hasta la cima, Ramón Carrasco se queda parado, y un periodista le pregunta si no va a subir con ellos. “Ya he subido 20.000 veces”.
Estructuras, nunca pirámides. En el sitio arqueológico de Calakmul no se dice pirámides porque el jefe dice que no son pirámides. “Los mayas construían cerros, no pirámides”. Considera que para ellos la montaña era el origen y el final de la vida, y que sus pirámides o sus cerros o sus estructuras o como quieran llamarles eran representaciones simbólicas de la montaña, elemento esencial de su filosofía. Ramón Carrasco afirma que el pensamiento maya era animista y que no tenían dioses. Sostiene que para ellos no había deidades que intermediasen entre el hombre y la naturaleza, sino que le hablaban directamente a la naturaleza: “Tú no haces una ceremonia para pedirle al dios de la lluvia que mande lluvia. Lo que haces es pedirle a la lluvia que venga”. La montaña era el centro de todo, “la morada de la entidad anímica”. En su interior residían los antepasados y allí iban a parar los muertos en un regreso circular al origen. Dentro de la Estructura II, por ejemplo, se encontró la tumba de Garra de Jaguar, Yuknoom Yich’aak K’ak’, gobernante del Señorío de la Cabeza de Serpiente entre los años 686 y 697 de nuestra era.
Calakmul estuvo ocupado desde el preclásico medio, sobre el siglo VI antes de Cristo, hasta el clásico tardío, siglo X más o menos. Su momento de auge fue con la dinastía Kaan, la de Garra de Jaguar y su padre. Ahí alcanzaron su fase de mayor dominio sobre el área maya, desde el sureste de México hasta el norte de Guatemala. Calakmul era una ciudad-estado a la que estaban subordinados otros pueblos en una compleja interrelación política y religiosa. Los Kaan iban de una guerra en otra. Entre el siglo IX y el X vino el colapso maya –en teoría por la combinación de una explosión demográfica con sequías– y el centro del Señorío de la Cabeza de Serpiente quedó abandonado durante diez siglos. Calakmul fue uno de los descubrimientos más tardíos de la arqueología mexicana. La selva ocultó las ruinas hasta 1931, cuando el biólogo estadounidense Cyrus Lundell las encontró. Un año después, Lundell informó del hallazgo a Sylvanus Morley, un arqueólogo de Harvard. Morley hizo por entonces la primera exploración y dejó registro de la existencia de un centenar de estelas, lápidas de piedra puestas en vertical sobre las que los gobernantes de Calakmul iban ordenando tallar en glifos la leyenda de sus logros. Desde la expedición de Morley se abrió un hueco de 50 años en el que no volvió a haber trabajo arqueológico en Calakmul y en el que se produjo un saqueo de estelas a las que le serraban la superficie labrada para llevársela. El Instituto Nacional de Antropología e Historia retomó la exploración en 1982 y en 1993 se formalizó el Proyecto Calakmul.
El origen “antropogénico” de la reserva natural, su evolución humanizada, ha sido el argumento de la Unesco para declarar patrimonio mixto toda la zona, dado que el área arqueológica ya era patrimonio cultural desde 2002. El ejemplo de las lagunas consiste en que aquí el suelo es calcáreo y no retiene el agua menos en sitios específicos donde se forman aguadas, por lo que los mayas optaron por cuidar esos puntos de abastecimiento y enlosaron su lecho con lajas de piedra para retener el agua. Con eso también contribuyeron a mantener los únicos lugares donde los animales podían beber. El agua sigue siendo el reto principal para la conservación natural de Calakmul. En los últimos 50 años se ha registrado una reducción del 16% en la media anual de lluvia. Por las copas de los árboles hay un grupo de monos aulladores medio dormidos. Al cabo de unos minutos espabilan y se ponen a berrear como descosidos. Hay quien compara el grito de estos micos con el rugido de los grandes felinos. El sonido que emiten no tiene proporción con el tamaño de su cuerpo y su tono es una debacle gutural. Aun así, de carácter tienen mejor fama que los otros simios de Calakmul, los monos araña, más pequeñitos, pero, según dicen, más “cabrones”.

El agua sigue siendo el reto para la conservación natural de Calakmul. En 50 años se ha reducido un 16% la media anual de lluvia

Al día siguiente, el director de la reserva, José Adalberto Zúñiga Morales, llevó al grupo de periodistas a mostrarle otro ejemplo del modo en que los mayas humanizaron y rehabilitaron el entorno. Zúñiga los condujo a un pueblo, de nombre Valentín Gómez Farías, donde se practica una técnica ancestral de reforestación de terrenos de bosque que han sido tumbados por los cultivos: el acahual. Es un método que consiste en intervenir la vegetación que surge en la fase de barbecho seleccionando y mejorando las especies útiles y eliminando las que no lo son. De este modo se regeneran zonas selváticas haciéndolas productivas e incluso superando en biodiversidad a la original. “Los mayas no se inventaron la selva, pero la reinventaron”, dice Zúñiga. Para hablar de uno de los árboles potenciados en los acahuales se presentó allí Alfonso Valdez, un chiclero de 74 años que empezó a sacar goma de los zapotes cuando tenía 11. Valdez es un tipo al que le ves el interés en cuanto lo tienes delante. Gesto de cuatrero de la selva. Como muchos chicleros, llegó emigrado al Estado de Campeche, donde está Calakmul, desde otro Estado mexicano, en su caso Veracruz. Un periodista le pregunta si ha tenido hijos. “Un poquito”, responde. ¿Cuántos?, se interesa el periodista. “Con tantas mujeres…”, piensa Valdez antes de ofrecer una cifra estrepitosa: “42”. Dice que en los campamentos de la selva las cocineras siempre querían irse con el que más chicle fuese capaz de recoger, y que él cada día sacaba el doble que un chiclero corriente. Hoy en día su cooperativa vende chicles a países europeos y a Argentina. Japón les compra la goma en bruto y fabrica los chicles a su manera. Estados Unidos también compra la materia prima y la usa para elaborar productos farmacéuticos como pastillas y condones, que es lo que en algún momento de su vida le faltó al maestro chiclero Alfonso Valdez. En un acahual del pueblo, el viejo enseña un zapote sin explotar y lo compara con otro ya trabajado, con una cicatriz en zigzag en el tronco que es la huella del camino que se trazó a machete en la corteza para que fuese cayendo la pasta del árbol. Valdez cuenta que los chicleros suben tan alto como siga saliendo goma de los árboles, y que los mayores peligros del oficio son dos: que el machete se enrolle en la soga que los mantiene en el aire y la corte, y que te pique una víbora. Sin ir más lejos, dice que hace dos años a un chiclero le mordió en la barbilla una serpiente cuatro narices. “Duró tres horas”. Valdez explica que el veneno de esta serpiente actúa deprisa y te empieza a salir sangre aguada por los poros y por las encías. Él todavía se siente fuerte para seguir trabajando, aunque por sus arrugas y por lo flaco pareciera que lo hubieran exprimido igual que a un zapote.
La tarde anterior se había visitado otro fenómeno natural de la reserva, el volcán de los Murciélagos, situado a una hora en coche de las ruinas. Es una sima de unos 35 metros de alto que tiene al fondo la boca de una caverna de la que todos los atardeceres salen dos millones y medio de murciélagos. No se conoce hasta dónde llega la cueva. Se ha recorrido más de medio kilómetro de su interior, pero no se ha llegado al final. Las deposiciones de los murciélagos forman una capa que a los espeleólogos les llega hasta las rodillas y que emite gases tóxicos. Las temperaturas que se alcanzan ahí dentro, alrededor de 50 grados, también complican el trabajo de los profesionales equipados con trajes protectores. Cuando empieza a caer la luz, desde arriba se ven salir unos pocos murciélagos y al cabo de unos minutos surge un batir de alas masivo que suena como una cortina de lluvia tenaz y que se prolonga media hora mientras se hace de noche. Si se mira al centro del torbellino se ve un barullo de color gris malva que recuerda a lo que veía Tippi Hedren desde dentro de la cabina de teléfonos en Los pájaros de Alfred Hitchcock, o a las estampidas de murciélagos que alteran los sueños de Bruce Wayne en Batman. Con el movimiento en espiral de los bichos se forma un tubo ascensor de aire que incorpora con ellos un dulce olor a excremento que sube del fondo de la cueva.

“Los mayas construían cerros, no pirámides, para ellos la montaña era el origen y el final de la vida”, explica el arqueólogo Ramón Carrasco

Lo que difícilmente se puede ver en Calakmul es el jaguar, su animal icónico. La reserva es la segunda extensión de selva tropical más grande de América, 723.000 hectáreas, y se calcula que andan por ella unos ochocientos ejemplares. También hay otras especies de felinos: pumas, tigrillos, ocelotes, jaguarundis. El educador ambiental Arnoldo Villaseñor cuenta que ha visto al jaguar tres veces. “No se te olvida cuando ves un animal de esos”. Una vez iba conduciendo de noche por la carretera que cruza la reserva y se lo encontró ahí sentado. Se acercó, frenó y estuvo medio minuto mirándolo sin que se moviera. Al final el jaguar se levantó con calma y se metió en la selva. Villaseñor se encarga del Facebook y del Twitter de la reserva. Dice que hubo un muchacho de México DF que le escribió para comentarle que tenía pensado recorrer la zona en patinete. Su única preocupación era saber si era posible que mientras hacía skateboard por la selva le saliese al paso un jaguar. La prueba de que es infrecuente encontrárselo es la restauradora española María Cordeiro, que lleva ocho años trabajando en el sitio arqueológico sin verlo. Aunque una tarde se cruzó con un puma en un camino de las ruinas. Ella, mandando el temple a paseo, echó a correr. El puma permaneció inmóvil.
Cordeiro es otra especie singular de la reserva de la biosfera de Calakmul. Es de Galicia, del pueblo costero de Caldas, tiene 31 años, llegó a esta selva de México en 2006 en un programa de intercambio temporal y acabó estableciéndose como directora de conservación y restauración del proyecto arqueológico. Esta hija de un marinero se fue a 8.000 kilómetros de casa a cuidar los procesos químicos de las obras que hicieron unos artistas mayas hace más de mil años. Las dos joyas con las que trabaja, cerradas al público, son un friso de estuco descubierto dentro de la Estructura II, que tiene una banda iconográfica de 20 metros de largo con picos de ave, cuerpos de serpiente y colmillos del monstruo de la tierra, y un mural en la Estructura I que requirió de la colaboración de un nanotecnólogo italiano para proteger la pintura de los estragos del clima tropical. Mientras los periodistas suben y bajan de la pirámide a la que Carrasco prefirió no ascender una vez más, la restauradora Cordeiro, vestida con una camiseta, unos pantalones y unas zapatillas Converse en un lugar que inspira indumentarias de Indiana Jones, escucha el chirrido de las cigarras y mira hacia una nube panzona que se acerca por el Oeste. “Se vienen lluvias”, dice la hija del marinero, aunque nadie le ha pedido a la lluvia que venga.

Fuente: El País: http://elpais.com/elpais/2014/10/16/eps/1413459391_952246.html

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