martes, 8 de julio de 2014

Dos milenos de historia entre murallas (Cataluña)

En los años 20 del siglo XVII, el ciutadà honrat de Barcelona Esteve de Corbera, uno de los historiadores catalanes más reconocidos de la centuria, describía Roses como un "pueblo pequeño", aunque pronto añadía que "para la demostración de la nobleza de su antigüedad conserva todavía muchas ruinas como rastros de su primera grandeza". Ya en 1609 el cronista Jeroni de Pujades habló largo y tendido sobre los orígenes y el pasado esplendoroso de Roses en la Cronica universal del Principat de Cathalunya. No en vano, Cneo Cornelio Escipión Calvo, general romano, desembarcó en Roses -entonces llamada Rhode por los griegos- en 218 a.C. con 36.000 soldados y 1.800 caballos para expulsar de Hispania a los cartagineses.
Roses presenta un fenómeno único en el mundo de la arqueología. Yacimientos griegos, romanos y medievales se concentran tras los muros de una colosal fortificación renacentista erigida en el siglo XVI en un recinto de más de 130.000 metros cuadrados. Entre los espesos muros de granito de la ciudadela se extiende un espacio verde donde varios árboles se mecen al son de la tramontana entre vestigios de todo tipo. Los principales son la antigua colonia grecorromana de Rhode, la villa medieval con sus murallas y torres, y el monasterio altomedieval de Santa María, de estilo románico lombardo con planta basilical, tres naves, tres ábsides y transepto.
La formidable ciudadela de Roses es un ejemplo excelente de un tipo de fortificación conocido como la "traza italiana". El ingeniero Luis Pizaño inició su construcción en 1543 por órdenes de Carlos V, que deseaba proteger la región del ataque de turcos y franceses. Aunque Pizaño murió en 1552, su obra fue retomada por el italiano Giovanni Battista Calvi, que fue posiblemente el primer "arqueólogo" de Roses y dejó constancia en sus escritos de los hallazgos que realizó en sus excavaciones: restos de muros, tumbas e incluso mosaicos y columnas; muchos de ellos hoy tristemente desaparecidos. Para desgracia de Calvi, que sufría paludismo, cuando la obra estaba prácticamente lista Roses fue atacada con éxito por piratas turcos y tuvo que modificar su diseño, lo que le llevó otra década de trabajo.
La fortaleza de Roses se divide en dos perímetros defensivos en forma de pentágono irregular. Muchos de los elementos defensivos originales, como el glacis y la contraescarpa, siguen en su lugar, lo que contribuye a dar al conjunto un aspecto achatado. Una vez lista, la ciudadela contaba con cinco baluartes, de los que hoy quedan en pie cuatro. A finales del siglo XVII la altura de los muros en las fortificaciones de traza italiana era tan baja que las ciudades que protegían eran visibles tras el perímetro defensivo. No es el caso, sin embargo, de Roses, donde la altura de la cortina de los muros llega a una altitud máxima de 9 metros. Una buena caída a la que se debe sumar la profundidad del foso que separa el perímetro interior del exterior.
¿Fue efectiva la fortaleza? Por desgracia, parece que no mucho, ya que en las cinco ocasiones en las que fue sitiada -en 1645, 1693, 1720, 1794 y 1808-, sólo una vez los defensores pudieron impedir la caída de la plaza a manos del sitiador, en 1720 y gracias a que una tormenta en el golfo de Roses hundió los barcos que avituallaban a los atacantes franceses. Ello no impide, sin embargo, que la fortaleza resulte imponente a la vista y un lugar interesante que visitar. La puerta del Mar, de hecho, alberga un museo que repasa la historia de la ciudad y del recinto y que cuenta con paneles multilingües, una cafetería y una tienda.

Fuente: El Mundo: http://www.elmundo.es/cataluna/2014/07/04/53b6ce3e22601deb528b458a.html

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