lunes, 3 de marzo de 2014

La Ruta de la Seda se abre paso en el Hermitage de Ámsterdam

Marcada hoy en parte por el petróleo y el opio, la Ruta de la Seda, la mítica vía terrestre que dominó el comercio entre Europa, la India y el Lejano Oriente durante 1.700 años, conserva intacto su poder de atracción. Los desiertos, estepas y cordilleras que marcaron su destino, fueron recorridos por mercaderes, monjes y soldados. El cruce de culturas que propiciaron dejó tesoros artísticos guardados con celo, entre otros, por el museo Hermitage, de San Petersburgo. Su colección sobre Asia Central es una de las mejores del mundo, y su filial holandesa, el Hermitage de Ámsterdam, ha escogido ahora 250 de estas piezas apoyándose en las excavaciones encabezadas a principios del siglo XX por arqueólogos rusos. El resultado es Expedición Ruta de la Seda, la majestuosa muestra abierta hasta el 5 de septiembre, que ha sacado por primera vez de Rusia objetos hallados a lo largo de una red de 7.000 kilómetros.
Marco Polo, el viajero y mercader veneciano fallecido en 1324, tal vez sea el cronista más famoso de la Ruta. Sin embargo, su relato sigue sujeto a discusión. ¿Estuvo en China, o decía la verdad, y llegó más lejos? Además, la Ruta de la Seda, que fue la mayor arteria comercial mundial hasta el siglo XV, ya existía antes del nacimiento de Cristo. De modo que en Ámsterdam han optado por el relato indiscutible de la arqueología y han traído “las huellas históricas tangibles y auténticas, que siguen siendo un sueño”, en palabras de Cathelijne Broers, directora del Hermitage Holanda. Con el nombre dado al camino no ha habido problemas. Es sabido que así lo bautizó el geógrafo alemán Ferdinand Freiherr von Richthofen en su obra Viejas y nuevas aproximaciones a la Ruta de la Seda, publicada en 1877. Allí trazó una línea continental, pero con meandros y afluentes más propios de un río, desde China hasta Constantinopla (hoy Estambul), en nombre de la preciada fibra natural elaborada en secreto durante siglos solo por los chinos.
Broers no exagera, porque la exposición se abre con una pintura mural de 1.300 años de antigüedad y nueve metros de longitud, que presenta a una deidad luchando con varios animales salvajes. Hallada en los años cincuenta en la ciudad de Varakhsha, en la actual Uzbekistán, ha sido restaurada en Rusia con ayuda holandesa. No es un fresco, porque no mezcla los pigmentos con agua, y sus tonos rojizos sobre arcilla se repiten en otras piezas. Por ejemplo, en Batalla con amazonas (alrededor del año 740) encontrada en Panjakent, una localidad situada en la frontera entre Tayikistán y Uzbekistán. También en las Cabezas de diablos peleando con un jinete (entre el siglo VIII y IX), rescatadas en Ustrushana, región de Asia Central que mantenía contactos con el reino de los sogdianos, que incluía ciudades como la uzbeka Samarcanda.
Como las caravanas eran el medio de transporte para portar, a lomos de camello, caballos, bueyes o burros, piedras y metales preciosos, sedas, perfumes y objetos laqueados, la muestra ha buceado en los fondos de 13 enclaves arqueológicos. Si bien la fiebre expedicionaria que redescubrió la Ruta de la Seda prendió en Gran Bretaña, Francia, Alemania, Suecia y Japón, para los arqueólogos rusos “tuvo también un componente político”, según Mikhail Piotrovsky, director del Hermitage de San Petersburgo. "Tras la Revolución de 1917, la búsqueda abarcó las repúblicas soviéticas creadas en el Asia Central ruso. Y los nuevos poderes pusieron mucho énfasis en desarrollar y reforzar las culturas nacionales (de los pueblos de la nueva Unión Soviética)”.
Las excavaciones revisitaron el antiguo imperio de los pueblos partos y sogdianos, y ciudades de nombres evocadores, como Khara Khoto (Ciudad Negra). A medida que aparecían objetos de uso cotidiano, entre ellos monedas bizantinas y ánforas sirias, afloró el otro componente esencial de la Ruta. Se trata de la “polinización cultural”, que así llaman los expertos al avance del Budismo desde India hacia China de la mano de sus monjes, la posterior entrada del Islam desde el este, y la presencia del Cristianismo y Judaísmo en los mismos senderos.
Pero ninguna aproximación a la Ruta de la Seda puede cerrarse sin dedicar un apunte al insecto productor del preciado bien, que llegó a ser moneda de cambio en la era preindustrial. De unos cuatro centímetros, el gusano (Bombyx mori) tarda dos días en formar el capullo con un hilo de hasta 1.500 metros de largo. Hay que hervirlo para soltar la seda, cuyo uso en la fabricación de tejidos data del año 1.300 antes de Cristo. Sobre seda están pintadas innumerables flores, plantas y escenas religiosas parecidas a las “Deidades Planetarias” que rodean a Buda, encontradas en Khara Khoto por los expedicionarios rusos en 1907. Como dicen en el Hermitage de Ámsterdam: “No está mal, para un gusano”.

Fuente: El País: http://cultura.elpais.com/cultura/2014/02/28/actualidad/1393607260_575635.html

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