domingo, 14 de abril de 2013

La primera vinoteca de Mallorca

 
Muchos siglos antes de que Binissalem tuviera denominación de origen, Son Fornés ya presumía de bodega. Lejos de un merlot, el que degustaban los honderos del poblado era un vino ibicenco malo y casi avinagrado que llegaba como pago a su participación en las guerras púnicas. No bebían mucho, apenas una lata de Coca-Cola al año. Hasta que la romanización entró por las puertas de la Isla. La arqueóloga Lara Gelabert repasa ahora la evolución del asentamiento a través de sus caldos y otros productos.
La abundancia de ánforas en la zona era, sino sospechosa, un indicio. Además de las de grano y aceite, había otras más estilizadas. «Las ánforas son un indicador fundamental como continente y contenido. A partir de su forma se puede sabe no sólo qué contenían sino, también, de dónde venían», subraya la arqueóloga Lara Gelabert. Fue en ellas, entre sus cuellos alargados y sus asas, donde encontró el vino. Un producto que parecía haber sido clave para la historia de Son Fornés y que constituye el germen de su tesis doctoral: Circulación y consumo de las mercaderías en la Prehistoria balear a partir de la materialidad anfórica. El caso de Son Fornés dentro del Mediterráneo.
La historia del vino en el poblado de Montuïri comenzó en el siglo III a.C., cuando el asentamiento tenía ya siete centurias de vida. No fueron pioneros en descubrirlo, pero sí los más sumilleres. «El yacimiento del Puig de la Morisca en Calvià conserva los primeros restos, pero Son Fornés fue uno de los lugares más antiguos en los que se encontró y donde su presencia fue más significativa. En Mallorca no había producción y cuando llegó, no sabían ni qué era», subraya Gelabert.
Sus primeros catadores fueron, al parecer, los honderos. «La hipótesis es que les pagaba con vino cuando les reclutaban para que lucharan con los púnicos. No se entendían, y tenían que poner un incentivo para que fueran a combatir», explica la arqueóloga. En aquel momento –en plena época postalayótica– el poblado de Montuïri funcionaba como una democracia militar en la que los soldados de su ejército, que se formaban desde niños, tenían un mayor nivel social y poder adquisitivo. Mientras las guerras púnicas provocaban una crisis generalizada, Son Fornés se enriquecía.
Según los estudios de Lara Gelabert –que presentará el próximo 2 de mayo en una conferencia en la sede de ARCA–, un ánfora de vino de 25 litros equivalía a cinco meses de trabajo. «Era un producto muy caro y se consumía sólo en fiestas y ocasiones especiales. Algo así como una lata de Coca-Cola al año», apunta. ¿Mejoraba aquel caldo con el paso del tiempo? Seguramente no porque ya era, al parecer, malo en su origen.
Llegaba de Ibiza, que entonces era una gran productora vitivinícola. Un vino «malo y barato» que fermentaban en cerámica por lo que si no calculaban bien, acababa rápidamente convertido en vinagre. A veces más claro y otras, más oscuro. «Para conseguir el aroma metían dentro miel o piñones directamente. Y para transportarlo, le añadían agua de sal para evitar que fermentara. Como si fuera salazón», relata.
La suma de todas las ánforas de vino encontradas en Son Fornés habla de la circulación de unos 600 litros de vino en el poblado. Una cantidad insignificante al lado de los 100 litros por persona que llegaron a consumirse, después, en Roma. «Siempre rebajado porque si no, se les consideraba bárbaros. Tampoco estaba bien visto que las mujeres bebieran», explica.
Las cosas cambiaron con la romanización. Aquel poblado ganadero se pasó al cereal y a la agricultura. Cambiaron los gustos gastronómicos. Llegó el garum –hecho de vísceras de pescado–, el aceite de oliva acabó por sustituir al de lentisco y el vino se convirtió en un elemento fundamental en la mesa. Son Fornés alcanzó los 6.000 litros.

Claro, casi dorado

«La forma y la pasta de las ánforas nos dan el 90% de la información. En época romana se sellaban con el nombre del productor o del transportista, e incluso con el tipo de producto», asegura Gelabert. También su color, «muy claro, casi dorado», las diferenciaba de las que habían llegado siglos antes de Ibiza.
Hacía tiempo que los romanos habían descubierto su rioja, pero ése nunca pisó Mallorca. El falerno se convirtió, incluso, en un vino de culto. «Se producía con mano de obra esclava, y lugares como Nápoles destacaron por la calidad de sus caldos. Aquí ni lo olieron», añade.
Mientras degustaban –si es que podía degustarse– el vino itálico llegado de provincias, Son Fornés se consumía como el último poblado en caer. Quizá la embriaguez les sirvió para despistar el apocalipsis. «Fue uno de los asentamientos autóctonos que más duró. Permaneció hasta el siglo I d.C. Pero la aparición de nuevas ciudades como Palma y Pollentia hizo que la gente se concentrara alrededor», relata Gelabert. La resaca les pilló ya en mitad del páramo.
 

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