miércoles, 9 de noviembre de 2011

El mecenas de la arqueología (Islas Baleares)

Un puñado de monedas púnicas fueron el primer paso. En aquel momento, Ibiza era casi un vergel para la numismática. Pero el creciente interés de Joan Roman Calbet por la arqueología y el acierto con el que clasificaba los hallazgos, le hicieron destinatario de las más diversas antigüedades. En unos años no sólo tuvo una de las colecciones más importantes de la isla sino que sería una pieza fundamental en la Sociedad Arqueológica Ebusitana además de un mecenas en la nueva disciplina.
Nació en Ibiza en 1849, pero pasó sus primeros años entre su isla natal, Valencia y Mallorca hasta iniciar en Madrid sus estudios universitarios. Barcelona se convertiría en su penúltimo destino, donde no sólo se licenció en Derecho en 1872 sino que comenzó a trabajar como pasante. En sólo unos años, la abogacía le llevó de regreso a Ibiza. Allí compatibilizó su profesión con la de profesor.
Poco después, la carrera política se convertiría en su principal ocupación hasta principios del nuevo siglo. Sería entonces cuando lo que había sido sólo una afición comenzó a perfilarse como un futuro profesional. La fama de su interés por la numismática y la arqueología hicieron que familiares y amigos le obsequiaran con todo tipo de antigüedades hasta reunir una de las colecciones arqueológicas más importantes de las Pitiusas.
Al mismo tiempo, en otro punto de la isla, un grupo de amigos encabezado por Arturo Pérez Cabrero, veía en esos hallazgos la oportunidad de comenzar un gran proyecto. Su objetivo era crear una sociedad que realizara excavaciones –principalmente en la necrópolis del Puig des Molins– y crear un museo. En 1903 aquellos propósitos se materializaron con la fundación de la Sociedad Arqueológica Ebusitana. Fue entonces cuando vieron en Roman Calbet un colaborador fundamental.
La nueva sociedad le solicitó su colaboración con el depósito de su colección. Roman Calbet aceptó la propuesta aunque retrasó la donación hasta 1906, el año de la publicación de la que sería su gran obra: Los nombres e importancia arqueológica de las Islas Pitiusas. «Se trata de un estudio espléndido fruto de la época y fue el trabajo más antiguo sobre arqueología en Ibiza», describe el director del Museu Arqueològic d’Eivissa, Jordi Fernández.
Con más de 300 páginas y un gran reportaje fotográfico sobre los objetos hallados, la obra promocionó Ibiza como el extraordinario asentamiento púnico que era. Además, según algunos autores, Roman Calbet fue el primero en señalar la importancia del culto a Bes en la isla y su vinculación con el topónimo de Ibiza.
Dos años antes el ibicenco, que ya no residía en la isla, se había convertido en director de la Sociedad Arqueológica Ebusitana, a la que ayudó con el depósito de materiales y también económicamente. Uno de los pasos fundamentales llegaría con el patrocinio de las campañas arqueológicas, bajo la dirección de Arturo Pérez Cabrero, tras la crisis que atravesaba la asociación. «Roman Calbet no fue exactamente un arqueólogo, pero sí el gran mecenas de las principales excavaciones de su tiempo», apunta Fernández.
En 1905 se reemprendieron las campañas, que en los años siguientes desarrollaron los primeros trabajos en la necrópolis del Puig des Molins y S’Illa Plana. En 1907, un grupo de excavadores descubrió la cueva de Es Culleram, uno de los escasos santuarios púnicos que se conservan en España. El museo de la Sociedad Arqueológica Ebusitana recibió gran parte de los objetos hallados. Hasta 1911 el Estado asumía que las piezas eran propiedad de quien financiara las excavaciones. «La institución dio a conocer la riqueza arqueológica de la isla, pero también despertó la codicia y desencadenó que muchos llegaran a Ibiza para hacer sus propias colecciones», asegura el director. Entre ellos el pintor y escritor Santiago Rusiñol.
Pronto Roman Calbet empezó a temer por la disolución de la Sociedad y que, con ella, se dispersara y perdiera todo el material recopilado. Sólo un museo podría garantizar la estabilidad de la colección y, dada la mala situación económica de la asociación, el ibicenco creyó que su creación sólo sería factible bajo tutela estatal. Pese a las reticencias de algunos socios que veían peligrar su control sobre la institución, se autorizó a ceder todos los fondos al Estado.
«Es difícil valorar si fue una buena decisión. Fue positivo, pero el Estado no cumplió sus compromisos de invertir en las excavaciones», apunta Fernández. La falta de representantes de la Sociedad en el patronato del nuevo museo, supuso un enfrentamiento con Roman Calbet hasta que fue destituido como director en 1909 con la excusa de «no residir en Ibiza». Dicen que cuando recibió la noticia sufrió un infarto que acabó con su vida de inmediato. Era enero de 1910. Sólo el nombramiento de su hijo, Carles Roman, como director del museo, puso fin a la disputa.

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