jueves, 9 de junio de 2011

Aljafería (Zaragoza)

La Aljafería de Zaragoza fue declarada monumento nacional de interés histórico – artístico el 4 de junio de 1931, a pesar de lo cual todavía en 1947 permanecía como “un espantajo lamentable cubierto de harapos”, según frase del arquitecto Francisco Iñiguez Almech, quien, durante más de treinta años acometió una lenta y minuciosa labor de rescate que, tras su muerte en 1982, ha sido continuada por los arquitectos Ángel Peropadre Muniesa, Luis Franco Lahoz y Mariano Pernán Gavín. El resultado de todas estas intervenciones, realizadas con el respaldo de varias excavaciones arqueológicas, ha dado lugar al aspecto que el edificio presenta en la actualidad, en el que se pueden diferenciar los restos originales de los reconstruidos.
A todo ello hay que añadir la instalación de las Corte de Aragón en una parte del conjunto monumental, habiendo dirigido las obras desde 1985 los arquitectos Franco y Pernán.
En el año 2001 la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad el mudéjar de Aragón, destacando que el palacio de la Aljafería es uno de los monumentos más representativos y emblemáticos del arte mudéjar aragonés.
Conserva parte de su primitivo recinto fortificado, de planta cuadrangular y reforzado por grandes torreones ultrasemicirculares, a los que se suma el volumen prismático de la torre del Trovador, cuya zona inferior, datada en el siglo IX, es el resto más antiguo del conjunto arquitectónico.
Este recinto alberga en su parte central unas construcciones residenciales que responden al modelo de tipología palaciega islámica de influencia omeya, tal y como ya se había desarrollado en los palacios musulmanes del desierto, cuya cronología se remonta al siglo VIII.
Por lo tanto, frente al espíritu defensivo y la reciedumbre de las murallas, el palacio taifal presenta un esquema compositivo a base de un gran patio rectangular, a cielo abierto y con una alberca en su lado sur; a continuación, dos pórticos laterales, con arquerías mixtilíneas y polilobuladas que actúan a modo de pantallas visuales; y, al fondo, unas estancias tripartitas que en sus orígenes estaban destinadas para uso ceremonial y privado. Asimismo, en el pórtico norte se encuentra un pequeño oratorio, de planta octogonal y de reducidas dimensiones, en cuyo interior se observa una fina y profusa decoración de yeso, más unos fragmentos pictóricos, de tonos vivos y contrastados.
Todos estos logros artísticos se corresponden con las obras realizadas en la segunda mitad del siglo IX bajo el mandato del rey Abu-Yafar Ah-mad ibn Hud al Muqtadir, y no hacen sino reflejar la importancia cultural y el virtuosismo plástico de su corte. Es más, el palicio de la Alfajería supone una de las mayores cimas del arte hispanomusulmán, y sus aportaciones artísticas fueron retomadas con posterioridad en los Reales Alcázares de Sevilla y en la Alambra de Granada.
Tras la reconquista de Zaragoza por Alfonso I el Batallador en el año 1118, se inició la andadura cristiana de la Aljafería, de tal manera que se convirtió en el palacio de los monarcas aragoneses, quienes además, llevaron a cabo en su interior sucesivas obras de ampliación y de reacondicionamiento.
Así, de todo este periodo medieval cabe citar la iglesia de San Martín, la denominada “alcoba de Santa Isabel”, la desaparecida capilla de San Jorge, la arquería oeste del patio de Santa Isabel y las sales del palacio mudéjar del rey Pedro IV, coronadas por unos espléndidos alfarjes, recientemente recuperados. Además estas edificaciones son de vital importancia por haber sido el principal foco de irradiación e influencia para la formación del arte mudéjar aragonés.
El palacio de los Reyes Católicos fue erigido sobre la fábrica musulmana en torno al año 1492, con el fin de simbolizar el poder y prestigio de los monarcas cristianos. No obstante, la dirección de las obras recayó en el maestro mudéjar Faraig de Gali, y en ellas se funde la herencia artística medieval con los nuevos aportes del Renacimiento; de ahí que dieran lugar a uno de los ejemplos más significativos del llamado “estilo Reyes Católicos”.
El palacio consta de una escalinata, una galería o corredor y un conjunto de salas, denominadas “ de los Pasos Perdidos”, que tienen si culminación en el gran Salón del Trono. Do todas estas dependencias, lo más interesante son las solerías, a base de losetillas y azulejos de Muel, y las techumbres de madera dorada y policromada, entre las que destaca el soberbio artesonado del Salón del Trono.

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