lunes, 20 de octubre de 2008

HURGANDO EN LAS ENTRAÑAS DEL CASTRO (EL CASTILLÓN, ZAMORA)


TABARA (Nuevos hallazgos arqueológicos en la provincia)
HURGANDO EN LAS ENTRAÑA DEL CASTRO
Una investigación en el yacimiento de El Castillón, en Santa Eulalia de Tábara, saca a la luz una fragua y material que identifica la presencia de varios niveles de poblamiento
A lo largo de dos campañas de verano, en 2007 y 2008, un grupo de historiadores, arqueólogos, estudiantes y profesores han realizado excavaciones con el objetivo de identificar el castro de El Castillón, en Santa Eulalia de Tábara. El proyecto parte de dos jóvenes investigadores, José Carlos Sastre y Oscar Rodríguez, interesados en poner en valor la riqueza arqueológica de la provincia; y, en este caso concreto, buscar la base original del castro y su relación con otros castros de la zona. La primera cata permitió poner al descubierto los restos de una fragua y vestigios de pintura esquemática. La segunda campaña ha reforzado los hallazgos y sacado a la luz una casamata asociada a la muralla principal de la construcción y se identifica la presencia de varios niveles de poblamiento.
I. B. En el verano de 2007, un equipo de arqueólogos dirigidos por los investigadores José Carlos Sastre Blanco y Oscar Rodríguez Monterrubio comenzaron los primeros trabajos para identificar el castro de El Castillón, no lejos de Santa Eulalia de Tábara y en el Camino de Santiago mozárabe, como un yacimiento de relieve dentro del Proyecto de Investigación y Difusión sobre el Patrimonio Arqueológico de la Provincia de Zamora. A partir de ahí se pretendía empezar a fijar las coordenadas históricas del castro, como son los niveles de ocupación, el tipo de estructuras y la cultura o culturas predominantes.
El Proyecto de Investigación, promovido por estos dos jóvenes investigadores, es una alternativa independiente a la Universidad, que pretende revelar de forma global la riqueza arqueológica de la provincia. De ahí que las campañas que se realizan sean de corta duración y se disponga de escaso presupuesto; aunque se ha contado con el apoyo de algunas instituciones privadas, como la Fundación Caja Rural de Zamora, y públicas como los ayuntamientos de Moreruela de Tábara y Santa Eulalia de Tábara, además del trabajo de estudiantes (con el fin de adquirir experiencia de campo) y arqueólogos voluntarios (como un compromiso con este tipo de proyectos). El contacto a través de Internet ha permitido contar con la colaboración de historiadores de diversa procedencia, tanto de universidades españolas como de la Unión Europea e incluso del otro lado del Atlántico, como Estados Unidos y Canadá: Patricia Fuentes (Universidad Complutense de Madrid), Beatriz Crespo (Universitat de Girona), Carlos Pino (Universidad Barcelona), Aidan Harte, Vivienne Ivers y Anita Pignali (University of Galway, Irlanda), Kevin Haugrud (University of Alberta, Canada), Hayley Nicholls (University of Bristol) Carlos Merino, Jaime de la Vega y Luis de Miguel (Universidad Autónoma de Madrid), Antonio Manuel (Instituto Politécnico de Beja, Portugal), Juliana Martínez (Wellesley College, Massachusets, EEUU), Judith López (Universidad Complutense de Madrid), Raquel Portilla (Universidad de Salamanca), Malgorzata Górecka y Agnieszka Adamczyk (University of Gdansk, Polonia), Igor Barrenetxea (Universidad del País Vasco), Miguel Brezames (Universidad de Valladolid), Ana Campos (Universidad de Coimbra, Portugal) y Eva González (Universidad de Salamanca). Esta internacionalización debe de hacernos valorar, una vez más, que «la labor de la Historia no conoce fronteras, ni nacionalidades sino que está al servicio del conocimiento del pasado».
El castro de El Castillón está situado en las alturas de un acantilado que permite tener una visión privilegiada del paisaje; en un día despejado se puede observar en la distancia varias decenas de kilómetros a la redonda. Dispone de un fácil acceso al agua del río Esla que lame sus pies y una amplia zona boscosa (compuesta principalmente por robles) para la caza. La ubicación del castro no era casual, tenía una importancia para controlar una amplia extensión de territorio. Con un simple reconocimiento visual se puede reconocer la singularidad y características que dieron a esta posición su preeminencia estratégica. Son unas 4 hectáreas de terreno definidas por un conjunto de grandes elementos de piedra sin argamasa de grandes bloques de cuarcita que conformaba el perímetro exterior de la fortificación y que alcanzaría los 6 metros de altura por unos 4 de anchura (aun hoy, de estar en pie, sería un conjunto realmente impresionante).
En su interior se pueden señalar diversos espacios definidos que permiten observar la disposición de las zonas de habitación y otras que no han sido todavía identificadas. La primera cata importante permitió poner al descubierto los restos de una estructura de planta circular que se identificó como una fragua gracias al descubrimiento de restos de escoria de metal asociadas a éste. Eso permitía una primera datación en la época tardoantigua, sobre los siglos III y IV, aunque es posible que en los estratos más profundos se puedan encontrar elementos de épocas anteriores procedentes de la Edad del Bronce.
Además, en un abrigo rocoso, bajo el castro, hay asociados de forma singular vestigios de pintura esquemática, con representaciones antropomorfas y digitaciones de colores rojizos, aunque algunos de estos motivos han sido dañados por coladas calcáreas que han cubierto una parte de estas pinturas. Todo ello, hace pensar en la existencia de rituales religiosos o/y de una primitiva expresión artística que revela los primeros rasgos esenciales del carácter creativo del ser humano en épocas primigenias.
La segunda campaña de 2008 ha querido reforzar los hallazgos obtenidos en la anterior, en la cata de la fragua, y extender las zonas de sondeo hacia otros puntos del castro, dando lugar a desvelar lo que podría definirse como una casamata asociada a la muralla principal (de unos cuatro metros de grosor), junto a uno de los tres vanos de acceso al castro, así como una zona de habitación.
La primera labor del arqueólogo, una vez localizado el lugar adecuado para excavar, gracias a los sondeos que se practican, es la más ingrata ya que ha de extraerse, a base de pico y pala, una primera capa de restos de derrumbe de paredes y techumbres hasta encontrar los primeros hallazgos de consideración. Estos son útiles de la vida cotidiana: cerámicas decoradas con motivos estampillados, ollas, cuentos, jarras, platos, cerámica (especialmente relevante es la Terra Sigillata Hispánica encontrada), vidrios, piezas líticas, escoria de metal, limas y piedras de pulir, etc. como fue el caso. Del mismo modo, al profundizar en la cata se aclara la funcionalidad de las distintas estructuras y sus sistemas constructivos, lo que permite establecer la cronología y los rasgos que pueden definir o identificar la presencia de varios niveles de poblamiento. A partir de ahí, el utillaje pasa a ser clasificado, catalogado y datado convenientemente. Para esto último, se ha contado con el laboratorio de materiales de la Universidad Complutense de Madrid, gracias a la colaboración del profesor Antonio José Antonio Criado.
Los investigadores resaltan la buena disposición del Ayuntamiento de Santa Eulalia de Tábara, facilitando las instalaciones de la antigua escuela municipal para albergar al grupo de historiadores. Debe de considerarse como la primera piedra para impulsar un proyecto más amplio que no debería de ser arrinconado por parte de las instituciones públicas, porque como señala el historiador Edgard H. Carr, «los hechos sólo hablan cuando el historiador apela a ellos», cuando es capaz de estudiar y evaluar su significado, cuando tiene la ocasión de hacerlo, cuando se posibilita su descubrimiento y se desvela su importancia en el conocimiento del pasado.
Autor: Igor Barrnetxea (Universidad País Vasco)

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